NUESTRAS CÉLULAS, EL ENTORNO Y NUESTRA MENTE.

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Publicado en la revista Espacio Humano en la edición de Noviembre 

Cada día nos llegan noticias a través de los diferentes medios de comunicación que tratan en hacernos creer que todo lo que somos está escrito en nuestros genes, pero no es así. Nuestro ADN sólo es un plano de cómo somos, pero son muchos los factores medioambientales y emocionales que influirán en la parte del plano que vamos a construir.

La primera vez que descubrí una célula a través de un microscopio tenía quince años, ante mis ojos una ameba no paraba de contorsionarse sobre el porta, la membrana era de diferentes tonos iridiscentes según le incidiera la luz, ahí comenzó mi interés por la biología y el mundo de lo invisible.

Más tarde, terminada la carrera, comencé a trabajar en la tesis doctoral y fue cuando aprendí más sobre la división celular y los ciclos biológicos de la noche y el día (ciclos circadianos). Era a principio de los ochenta, cuando se empezaban a publicar los resultados de las investigaciones en poliproteinas que trabajaban en grupo. A estos grupos de proteínas se les denomina “ciclos” y se dividen según sus funciones: respiración, digestión, contracción muscular y el más conocido el “Ciclo de Krebs”, que se encarga de obtener energía.

Hoy se está viendo la gran importancia que tienen en la manifestación de nuestros genes, ya que las proteínas también envuelven y protegen al ADN, por lo que serán las responsables de permitir que se pueda leer.

Desde el siglo XIX, en que Darwin publicó su libro “El Origen de las Especies”, se propugna que los rasgos individuales se transmiten de padres a hijos, y que esos factores hereditarios son los que controlan la vida del individuo.

Cuando más tarde Watson y Crick describieron la estructura de la doble hélice de ADN como el material que compone los genes, los científicos dieron por descubierto esos factores hereditarios, la ingeniería genética pasó a ser la respuesta a un futuro en el que se pudieran diseñar medicamentos a la carta, según nuestros genes, y niños con la dotación genética deseada. El ADN pasó a ser el único responsable de nuestras características, algo un tanto determinista, ya que según son mis genes así soy yo.

Nunca creí que todo estuviera escrito en nuestros genes, y no es así. Para escribir el libro que he publicado recientemente “De la Técnica Metamórfica al Masaje Celular” tuve que leer mucho sobre emociones, mente y cerebro, y he visto que una nueva corriente de pensamiento se va abriendo paso en el mundo científico, ha surgido una nueva rama en la biología que es la Epigenética, que apoya más a la influencia del medio que a los genes a la hora de manifestar determinadas características. Por tanto los genes no se activan o desactivan según ellos decidan, sino que algo en su entorno será responsable de esa activación.

En las terapias holísticas sabemos que no podemos tratar a un órgano o a un sistema de forma aislada, ya que en el cuerpo todo está interactuando constantemente, y la manera más inteligente de mantener el equilibrio del organismo es que los sistemas cooperen entre sí.

Por tanto si miramos la evolución, desde las especies más simples a las más complejas, nos daremos cuenta de que la supervivencia y evolución de una especie no se debe a que gane el más fuerte (como proponía Darwin) sino a que la cooperación entre los individuos sea mayor para mantener mejor el equilibrio, algo que deberíamos extrapolar a nuestra sociedad sobre todo en los momentos que estamos atravesando.

La Epigenética es el estudio de los mecanismos moleculares a través de los cuales se controla la actividad genética, proponiendo que es el entorno, y no sólo el ADN, el que va influir directamente en la manifestación de determinados genes, ya sea para bien o para mal (en el caso de desencadenar una enfermedad).

Estamos formados por billones de células que cooperan para sobrevivir. Todas ellas tienen mecanismos capaces de aprender de las experiencias medioambientales y crear una memoria celular capaz de transmitirla a su descendencia. ¿Cómo realiza esto la célula? La mejor forma de verlo es en los mecanismos inmunológicos, cuando un virus nos infecta se produce la activación del sistema inmunológico para que produzca anticuerpos, formados por proteínas, que nos protegen contra ese virus específico. En el proceso, la célula creará un nuevo gen que servirá de molde para crear nuevos anticuerpos. Este es el caso del virus del sarampión, sobre todo en la infancia, cuando nuestro sistema inmune aún no ha madurado, este proceso hace que la memoria de nuestras células inmunológicas conserve segmentos de ADN capaces de sintetizar pequeños fragmentos proteínicos que crearán el anticuerpo que ensamble con el virus y lo desactive cuando, a lo largo de la vida, intente de nuevo invadirnos. Este nuevo gen creado para protegernos se transmite a la descendencia de las células inmunológicas. Esta es una demostración de la inteligencia y activación de la memoria celular.

Ha sido en la última década cuando se ha empezado a hablar más del medio ambiente como responsable de las manifestaciones genéticas que el propio ADN. Se ha visto que los moldes de ADN que se transmiten a través de los genes no se localizan en un lugar concreto cuando nacemos, y que las influencias medioambientales: nutrición, estrés y como no, las emociones, pueden modificar esos genes sin alterar su configuración básica, es más, se ha visto que esas modificaciones se pueden transmitir a las siguientes generaciones (consultar “La Biología de la Creencia” de Bruce H. Lipton).

El ADN está protegido por proteínas reguladoras que lo recubren como una funda, si no quitamos la funda no podemos leer la información que contiene, y la señal para retirarla viene del medio ambiente. Por tanto ya no es sólo la herencia lo que importa, es el medio en el que nos desenvolvemos el que activará o no esa herencia.

El primer ambiente en el que nos desarrollamos es dentro del vientre materno, por tanto ya empezamos a sufrir las influencias de lo que vive el organismo de la madre. Cuando nacemos serán: la nutrición, el vínculo afectivo que creemos y el amor que recibamos el segundo cambio de medio que tengamos, y que empezará a escribir nuestra historia.

Si hablamos de nuestras emociones, de cero a seis años es cuando quedaran gravados a fuego en nuestro subconsciente los patrones más importantes de nuestro comportamiento, por tanto cuidar del bebé desde el momento en que es concebido hasta los seis años de edad es una gran responsabilidad. En esta etapa de nuestra vida el cerebro funciona en una frecuencia cerebral más baja: ondas Delta de 0 a dos años y ondas Theta hasta los seis, en este estado es cuando más fácilmente se puede programar. A partir de los seis años empezamos a tener frecuencias más altas.

¿Por qué a penas recordamos a nivel consciente esa primera etapa de nuestra vida?, porque ha quedado almacenada en un lugar más profundo, el subconsciente, por lo que los patrones que aprendemos en este primer estadio son mucho más difíciles de modificar.

Llevo varios años trabajando con la Técnica Metamórfica y desde el año 98 investigando en el Masaje Celular, ambas técnicas están dirigidas a desbloquear los patrones que aprendimos en el vientre materno y en los primeros años de vida, sobre todo cuando nos impiden avanzar, sacando todo nuestro potencial y ayudándonos a ser capaces de elegir y saber lo que de verdad queremos.

Durante la sesión la persona suele quedarse muy relajada, a veces me comentan que entran en un estado de duerme vela, están despiertos pero de vez en cuando tienen pequeños lapsos de ensoñación. En ese estadio las ondas cerebrales reducen su frecuencia, si nuestro estado normal cuando nos concentramos es el estado Beta, pasan al estado Alfa en el que la frecuencia de las ondas cerebrales es menor y donde la conciencia está en calma, en este estado podemos reprogramar nuestro cerebro. La imaginación y el ensueño están en una frecuencia todavía más baja, están en el estado Theta, estado programable.

Lo más importante es saber que al igual que en nuestra vida intrauterina y en nuestra primera infancia fuimos programados también podemos desprogramar patrones aprendidos.

Pero no es necesario que la persona entre en este estado de relajación para que la técnica funcione, ya que cuando trabajo con niños es a veces incluso difícil conseguir que nos dejen los pies, por tanto la frecuencia que emite la mano del terapeuta, y la motivación que lleve al hacer la terapia también son fundamentales a la hora de conseguir que se produzcan los cambios.

Firmado:

CARMEN BENITO.