Cambiar nuestros pensamientos nos ayuda a crear nuevas redes neuronales.

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Muchos de los conceptos que tenemos de nosotros mismos van de la mano de experiencias mezcladas con emociones que nos han dejado una huella indeleble a nivel cerebral que nos hace desconfiar de nuestras fuerzas, de nuestra intuición, o de la capacidad de desarrollar determinadas actividades.

Gracias a las investigaciones que se hacen sobre el cerebro sabemos que lo que vivamos desde el momento de la concepción hasta los cinco años de edad aproximadamente (nuestra primera infancia) será la base para crear una estructura emocional que nos aporte la seguridad en nosotros mismos. Esto se consigue con los cuidados de la madre, las caricias, sentirnos protegidos, alimentados, etc. En los primeros estadios de la infancia es cuando aprendemos a gestionar el estrés, a través de la producción de cortisol y la gran hiperactividad de la amígdala (estructura del cerebro encargada de la respuesta ante las amenazas, y el instinto de protección).

Nuestro cerebro tiene mucha plasticidad y todo lo que vivimos y experimentamos sobre todo las emociones lo van a ir moldeando a lo largo de la vida.

Una de las características más importante del cerebro infantil es la curiosidad, el niño necesita descubrir el mundo que le rodea, por eso investiga, rompe los juguetes, quiere saber como funcionan. Cuando coartamos su curiosidad estamos cerrando la puerta de la creatividad. De ahí la importancia de no perder a nuestro niño interior, el que sigue necesitando aprender y entender como funcionan las cosas para seguir desarrollando nuestro lado creativo. Ese espíritu debe acompañarnos a lo largo de la vida porque nos ayuda a sentirnos vivos a cualquier edad.

Desde que se publicó el libro de Daniel Goleman “Inteligencia Emocional” en el año 1.995 nos hemos ido acercando cada vez más al conocimiento de las emociones como parte fundamental de nuestra forma de ser y decidir, ya que van a estar siempre en el comienzo y final de todos los proyectos que emprendamos en la vida, por encima de la lógica y la razón. Por tanto para que nuestra mente esté equilibrada y con ello también nuestro cuerpo, debemos aprender a gestionarlas.

Dice Eduardo Punset en su libro “Excusas para no pensar”: “En contra de lo que cree la mayoría de la gente, la mejor manera de contrarrestar una emoción negativa en concreto no es un predicamento lógico y razonable, sino otra emoción más fuerte pero de carácter positivo”.

Es fundamental educar a los niños en valores que les ayuden a entender el respeto y el ponerse en el lugar del otro, ya que después tendrán que convivir con los demás.

Nuestras emociones refuerzan las experiencias que hemos vivido. En determinadas circunstancias ese archivo de recuerdos puede actuar como un lastre porque con el tiempo se distorsionan y, a veces, sólo un pequeño estímulo similar a lo que vivimos en el pasado puede poner en marcha nuestro sistema defensivo provocando un chorro descontrolado de hormonas estresantes.

Cuando somos capaces de analizar qué es lo que estamos repitiendo una y otra vez, y nos proponemos firmemente pararlo es cuando damos el salto, alcanzando un poco más de sabiduría.

Llevo varios años trabajando con la Técnica Metamórfica, e impartiendo cursos, y cada día aprendo algo nuevo. Hay una parte del metamórfico un poco más difícil de comprender, los Principios Universales y cómo actúan en nosotros. Durante el curso que imparto sobre este aspecto, explico los principios que rigen el universo según los antiguos alquimistas:

El Mentalismo

La Vibración.

La Polaridad.

El Ritmo.

La Correspondencia.

Causa y Efecto.

El Género.

Y cómo cada uno de ellos es la llave que nos abre una puerta más hacia el conocimiento de porqué las cosas suceden de una manera determinada.

Pero por encima de estos principios Gastón Saint Pierre propone dos nuevos vinculados al “Nuevo Hombre”, capaz de aprender y trasmitir una nueva conciencia: Iluminación y Comunión.

El primero está vinculado a la energía búdica, las enseñanzas de buda para alcanzar el “nirvana” entendiendo que es la conexión más profunda que el hombre puede alcanzar uniéndose a todo y a él mismo para elevarse desde el amor incondicional, la compasión y el encuentro con todo lo que le rodea.

En mi libro “De la Técnica Metamórfica al Masaje Celular” hablo de este principio como el que nos permite conectar con nuestra Luz interior, con nuestra verdadera esencia y con el universo.

El segundo está vinculado a la energía, y las enseñanzas de Cristo, según las cuales el amor será la fuerza que nos hermane a todos y la comunión (o común unión) entre todos los seres vivos a través de él.

Calmar la mente a través de la atención, observando los pensamientos y emociones que nos llegan durante la meditación ayudará controlarlos más fácilmente que cuando los tenemos en la vida diaria, siendo capaces de frenarlos y transformarlos.

Cuando nuestra mente está en calma dejamos de ser esclavos de nuestras emociones y desde la libertad que nos aporta la observación serena tenemos la posibilidad de cambiarla.

La transformación de las emociones destructivas va de la mano de las que nos hacen alcanzar un grado más de sabiduría, desde el amor y la compasión, sin juzgar y sin juzgarnos, sintiendo esa parte divina que hay en nosotros.

Cuando alguien me pide que le trate con la Técnica Metamórfica también le aconsejo que en la medida de lo que pueda se pasee por un parque o si sale a la montaña o la playa que aproveche para tomar contacto consigo mismo a través de fundirse y sentirse uno con la naturaleza. Ahora también se empieza a hablar de la inteligencia ecológica, no podemos olvidar que vivimos en un medio ambiente determinado que nos está influyendo, por desgracia la artificialidad del mismo está provocando muchos desequilibrios en nuestros mecanismos de regulación. Por tanto volver de vez en cuando a sentirnos uno con nuestro entorno natural no sólo nos ayuda a sentirnos mejor, sino que también despierta en nosotros la “gratitud” hacia la naturaleza desarrollando una conciencia mayor de respeto por la misma.

El camino de la transformación comienza en cada momento que nos sentimos presentes.

Daniel Odier en su libro “Deseo, pasión y espiritualidad” nos habla de la nostalgia que muchas veces sentimos de la unidad, que se da más en la infancia (durante nueve meses somos uno con la madre) y la adolescencia, pudiendo aparecer de nuevo cuando somos adultos y entramos en crisis, conduciéndonos a situaciones buenas, o desastrosas, según el camino que emprendamos. Los deseos y las pasiones pueden aflorar, y queremos volver a sentirnos vivos. Nos enseñan que debemos reprimir nuestras pasiones, pero cuando somos conscientes de nuestra libertad real y de la libertad de los demás, si partimos del respeto, desear y apasionarnos con lo que hacemos desarrolla nuestra creatividad, y cuando creamos entramos en la unidad de nuevo, nos transformamos y modificamos las señales que enviamos a nuestro cerebro.