ACEPTAR LAS PÉRDIDAS NOS AYUDA A CRECER

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No podemos recorrer el camino de la vida sin dejar parte de lo que amamos para seguir avanzando.

El camino de la pérdida y el duelo es un camino de dolor y de amor gracias al cual nos convertimos en personas plenamente desarrolladas.

El duelo es el tiempo que nos damos para adaptarnos a un cambio en el que tenemos que dejar marchar aquello que amamos. Si realmente es amor lo que hemos sentido, no habrá problema, pero si lo que sentimos es también apego, el sufrimiento que vamos a experimentar será mayor y más duradero, porque no querremos dejarlo ir.

Hay duelos por muchas razones, por un hijo que se va de casa, por un amigo que se marcha a vivir a otro lugar; en ambos casos sabemos que volveremos a verlos y a saber de ellos. Pero el más doloroso es cuando las personas se van de la vida definitivamente.

Cuando una persona que amamos fallece debemos empezar a reconstruir de nuevo nuestro paisaje y a nosotros mismos con su ausencia. Aquí aparecen los miedos e incertidumbres a la hora de saber cómo seguir adelante. El duelo no es sólo por los seres queridos que se van, es también por nosotros, por el cambio que supone en nuestras vidas, el vacío que dejan y la adaptación que deberemos hacer en el nuevo camino que comienza.

Recientemente he vivido en primera persona la pérdida irreemplazable de mi madre. Hace ya muchos años, con sólo 18, sufrí también la de mi padre, fue la primera vez que tuve conciencia de lo limitada que era nuestra vida. Al sufrir ahora la de mi madre he visto durante el proceso de su enfermedad lo duro que es perder en el camino hacia la vejez todas nuestras facultades: físicas, mentales y por último de conciencia.

El duelo mayor no lo sufro ahora, cuando la echo de menos ya que he aprendido a recordarla en nuestros mejores momentos, sino que lo he vivido en los tres últimos años cuando la he visto perder su fuerza, su capacidad de caminar, el manejo de sus manos, su cabeza y en los últimos días la conciencia.

Mi experiencia me ha ayudado a elaborar de una manera más sana y constructiva el duelo y he querido escribir este artículo por si puede servirle a alguna persona que este atravesando una situación similar.

En los últimos días de mi madre, me di cuenta de cuantas personas a nuestro alrededor nos querían y se preocupaban por nosotras, creo que no les he agradecido lo suficiente el que me prestaran su hombro más de una vez para llorar en él.

Cuando amamos no estamos solos, son muchas las personas cercanas que velan por nosotros, pero esto se consigue cuando también hemos velado por los demás.

Una de esas personas que ha querido compartir un rato conmigo es una amiga que dedica parte de su tiempo como voluntaria dirigiendo grupos de duelo, el más difícil de sobrellevar, el que los padres viven por la pérdida de sus hijos. Hace poco estuvimos hablando con motivo de escribir este artículo, quería que me diera su opinión a través de su experiencia, sobre qué decir o aportar a alguien que se ve en esa situación. Me comentaba que en algunas ocasiones el amor de padres hace que pierdan el rol de ellos mismos, y que cuando se pierde a un hijo sienten que han perdido su capacidad protectora y no han sido capaces de cuidarles lo suficiente.

Se nos enseña que los padres no pueden ver morir a los hijos, que eso va contra la naturaleza, pero no es así.

Elisabeth Kübler-Ross doctora en Medicina y Psiquiatría trabajó durante muchos años en hospitales con enfermos terminales (principalmente niños con cáncer) y cuenta en sus libros su experiencia, la esperanza que ha sido capaz de inculcar y el amor que ha dado y recibido de todos ellos. Una de las primeras lecciones que aprendió con pacientes moribundos es que no sólo nos enseñan sobre morir sino también cómo vivir de manera que no nos queden asuntos pendientes.

Las personas que han vivido con plenitud no tendrán miedo ni de vivir ni de morir.

El duelo, independientemente de las circunstancias, hay que hacerlo porque el ser querido ya no está y la relación de amor hacia él seguirá a donde quiera que esté, creando un nexo diferente.

Nuestra sociedad actualmente parece no aceptar la muerte viviéndola como algo físico sin contemplar lo trascendente, esto crea sufrimiento y conflicto interior por la resistencia que ponemos a aquello que no está en nuestra mano cambiar.

Dice Jorge Bucay en su libro “El camino de las Lágrimas” que el dolor siempre tiene un final, en cambio el sufrimiento podría no terminar nunca.

En mi trabajo como terapeuta, percibo los duelos de muchas personas, no son necesariamente por la pérdida de un ser querido, también los hay por la pérdida de un trabajo, de un estatus económico, por una separación, por los hijos que se van de casa, por la jubilación (aunque en este caso algunas personas más que duelo dan saltos de alegría). En todo proceso de cambio que experimentamos a lo largo de la vida se presenta una sensación de vértigo por no saber hacia donde nos dirigimos a partir de ahí.

Cuando trabajo con la Técnica Metamórfica en estas situaciones, la persona aprende a identificar sus miedos en ese proceso de transformación y le ayuda a aceptar mejor las circunstancias presentes. En la primera sesión normalmente comentan que se han sentido muy bien durante la semana (ya que suelen venir una vez a la semana a tratamiento), pero en la segunda o en la tercera sesión aparece lo que describen como sentirse revueltos o revolucionados, este es el momento más importante, ya que no debemos tener miedo al proceso de cambio que se está operando, pues querer apegarnos a los viejos patrones es lo que conlleva sufrimiento. Si somos conscientes de que realmente queremos cambiar llega el momento de crear, de decidir quien queremos ser, de sacar todo nuestro potencial.

Si durante un momento en todo nuestro proceso de duelo fuésemos capaces de salir de nosotros, de nuestras emociones y de nuestro dolor, y observar lo que sucede a nuestro alrededor, nos daríamos cuenta de que no estamos solos, que son muchas las personas que están ahí.

Cuando aceptamos que la persona se ha ido podemos ver en nosotros la huella que dejó, las cosas que nos enseñó y que siguen vivas. Una parte de ella permanece en nuestro interior y cuando tomamos conciencia eso nos ayuda a sentirnos mejor agradeciéndoselo.

Firmado: Carmen Benito.